Canto y Territorio
Nuestros cuerpos también son mapa
Querido humano,
Te escribo desde los bosques de Vancouver, British Columbia. Esto es lo más al norte que he estado en la costa pacífica de América, y también lo más viva y nutrida que me he sentido en mucho tiempo.
Los custodios originales de este territorio son principalmente Musqueam, Squamish y Tsleil-Waututh. Con absoluta reverencia ante estas naciones indígenas y las fuerzas que habitan este lugar, estoy escuchando lo que la tierra me quiere enseñar aquí.
He estado caminando entre estos pinos, cedros, robles y arces, tocando cada musgo suavecito que se me atraviesa y mojándome bajo estas lluvias incesantes que me hacen tanta falta. Aquí hay tanta belleza en todas partes que me cuesta decidir a dónde mirar: el cielo está decorado por nubes gruesas y las copas de árboles gigantes, y el suelo está cubierto de raíces y todo tipo de líquenes y hongos pequeñitos. Hay abundancia hasta en los troncos caídos que se están descomponiendo para darle aún más vida al suelo. Las montañas sosteniendo los glaciares que se vuelven ríos que se vuelven océano; el encuentro épico de las olas contra la costa, y los osos y orcas y castores y cuervos presenciándolo todo. Los mitos e historias aquí son inmortalizados de la forma más alucinante mediante tótems que los humanos han tallado y pintado sobre Cedros gigantes.
Imagínate contar tus historias tallándolas sobre un Cedro gigante.
Últimamente pienso mucho en las condiciones que hacen que nos sintamos bien en un lugar versus en otro. Yo me siento aquí como pez en el agua. Me siento arrebatada por el espiral de energía que impulsa la vida en el universo. Me siento en un perpetuo estado de asombro por la existencia de todos los seres antiguos y nuevos, gigantes y mínimos.
Es cierto que cada humano es diferente y que algunos gravitan más hacia ciertos ecosistemas en vez de otros, y hay muchísimos factores que entran en juego aquí: tendencias de personalidad, patrones aprendidos, familiaridad. También podríamos decir que no solo se trata de la naturaleza sino de la comunidad; hay quienes se sienten muy bien en un lugar porque sus humanos queridos están ahí, y eso es suficiente. Yo, al menos en este momento, estoy explorando la idea de lugar como las fuerzas que lo habitan en vez de lugar como fondo de pantalla donde ocurren cosas.
En Los Ángeles (donde vivo), el río principal está completamente pavimentado de principio a fin. A medida que la ciudad creció en los años 30, las inundaciones se volvieron muy inconvenientes y peligrosas para los humanos así que decidieron comenzar un ‘‘gran proyecto’’ para contener —más bien encarcelar— todo el río. Esta agua que nace en las montañas de Santa Susana ahora emprende su viaje hacia el océano sobre una cama de 82 kilómetros de cemento, sin poder interactuar con su ecosistema ni nutrir su suelo.
Cuánto le han robado a la tierra, cuánto le han robado al río, y cuánto nos han robado a nosotros también.
Estudiar la hidrografía de Los Ángeles ha sido de gran ayuda para entender por qué me siento así, al menos en parte. No es secreto que me ha costado muchísimo adaptarme a esa ciudad, y que después de dos años intentándolo mis raíces parecen no querer brotar ni mis flores florecer. Me pregunto si quizás, entre otras cosas, estoy percibiendo la precariedad del río y por eso no me siento bien ahí. Los humanos somos más de 60% agua, e inevitablemente nos vamos a ver afectados no solo física sino espiritual y emocionalmente por las aguas con las que interactuamos.
El río no puede ser río sin suelo ni orilla ni pájaros ni peces ni humanos que se bañan en él.
El humano no puede ser humano sin tierra fértil ni peces para pescar ni río para bañarse.
No existimos como organismos individuales sino únicamente en relación con los demás seres que nos rodean.
Cuando estoy allá, puedo sentir una herida abierta. Ríos encerrados, animales desplazados, árboles talados, hábitats quemados. Las montañas son generosas, sí, y hay muchísimas iniciativas muy nobles para restaurarlas; pero los espacios entre ellas han sido tan manipulados y explotados que las fuerzas que las habitan se sienten fragmentadas y es muy difícil escucharlas. A esas montañas ya no les están rezando, y a esos ríos ya no les están cantando.
Aquí arriba en el noroeste pacífico, el paisaje no ha sido completamente domado. Las fuerzas antiguas que habitan estas tierras no se han ido, y no se han olvidado de quienes son sus guardianes. Los glaciares reflejan la luz del sol en la distancia, los ríos rugen, los bosques crecen. Hay lenguas que nombran a los seres más que humanos con respeto, hay comunidades luchando activamente por regresar a sus tierras ancestrales, hay una conversación latente sobre cómo coexistir con todo lo que nos rodea. El pacto entre los humanos y la Tierra no se ha roto por completo.
Con esto no quiero decir que una parte del mundo es mejor que otra, sino quizás replantear la manera en la que nos relacionamos con, o percibimos el concepto de lugar.
Creo que conocer un territorio no se trata de observar un paisaje aislado, sino tratar de entender la red infinita de relaciones que lo sostienen, y sobre todo, hacernos conscientes de nuestro propio lugar en esa red y de qué maneras —para bien o para mal— contribuimos a ella.
A lo largo de mi vida me he desplazado mucho por el mundo, y aunque cada vez tengo más preguntas que respuestas, algunas verdades se han ido aclarando con el tiempo: me siento muy bien cuando estoy en un lugar en el que se le canta a la Tierra, porque la Tierra canta de vuelta y la puedo escuchar.
También entiendo que no es lo mismo cantarle a la Tierra yo sola que cantarle junto a otros seres. El dolor por la fractura de la relación humanos-naturaleza no cabe en un solo cuerpo; se hace más llevadero cuando lo cargamos varios, porque juntos podemos transformarlo y repararlo mediante observación, amor, cuidado y asombro.
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Con mucho cariño desde estas aguas donde nadan las ballenas,
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Gracias Adriana por tus sabias y sentidas palabras. Necesitamos más seres como tu, que vayan más allá de su egocentrismo y sean capaces de percibir la interacción sagrada e inquebrantable entre todos los seres, ya que todos estamos hechos de la misma esencia.