Correspondencia de la selva
Donde el río habla y el alma escucha
Estoy sentada a la orilla del río Betano en la Amazonía Ecuatoriana. Es de mañana, pero no sé qué hora es porque no tengo reloj. Aquí el único tiempo que importa es la salida y la puesta del sol, y el canto del abuelo para avisar que ya van a servir la medicina. La selva está nublada, recuperándose de una lluvia torrencial que duró toda la noche. De esas lluvias que solo saben haber aquí.
Creo que de las cosas que encuentro más alucinantes de la selva –y que más extraño– es la lluvia. Aquí llueve como si el mundo entero se fuera a acabar, y cuando sientes por primera vez el peso de esta lluvia en tu cuerpo, te das cuenta de que realmente sí se acaba. Se acaba cada minuto en cada hoja que cae, cada animal que muere, y cada piedra que cede. El mundo entero que existe dentro de cada ser diminuto o gigante que compone este gran teatro verde se está muriendo y volviendo a nacer constantemente, y la lluvia llega como agente sanador. Como haciendo una estruendosa recarga a ese ciclo infinito para luego decir: ahora sí, continuemos.
Esto no lo invento yo, esto me lo explica el río, y el bosque frondoso de Yarumos, Cedros, Caobas, Guayusas, Chontas, y aproximadamente 7.000 otras especies de árboles que me rodean. Que la lluvia es sagrada porque es lo que alimenta la rueda sin fin de la vida y la muerte. Ojalá siempre tuviera cerca un río, una piedra y un árbol para conversar, porque no he conocido maestros más sabios.
Aquí la vida y la muerte pasan muy rápido, y suenan hermoso:
Cuando estoy en la selva, mi cuerpo se siente más vivo que nunca y más agobiado que nunca al mismo tiempo. Hay demasiadas cosas pasando aquí, pero cosas importantes: como los Churucos cruzándose de un árbol a otro, los pájaros Mochileros buscando ramitas para tejer sus nidos, o el agua que viene de una travesía larga desde la cordillera Andina y ahora se hace camino en forma de río. Así mismo me hago camino yo, desde muy lejos para venir a nadar entre las raíces de los Chíparos. Para ser río yo también.
Mientras mi pobre cuerpito intenta procesar todo el voltaje de la creación del universo expresado en forma de selva, mi espíritu se regocija en la belleza indescriptible de este paraíso que siempre me acoge, me nutre, y me devuelve el aliento de vida que busco como huérfana en otros territorios.
Así que aquí sentada le pido a esta madre que no me suelte nunca. Que no se escapen de mi memoria el sonido de la lluvia, los chuzos de la Ortiga, ni el color de las Heliconias. Que cuando me sienta muy lejos, muy triste, muy consumida en las cosas no-importantes, mi espíritu sea capaz de encontrar el camino a la Maloka como los pájaros a sus nidos. Que no se me olvide que cuando me pierdo siempre me puedo encontrar aquí.
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Hay quienes llegan a la selva a romper hechizos, pero si existe uno que no se pueda romper nunca, por favor, que sea este.
–Adrianna ❊





Adri amo leerte, hermosas palabras y reflexiones ♥️