Correspondencia del páramo
Reflexiones sobre un peregrinaje a los altares andinos
Querido humano, te escribo desde el vórtex mágico surreal que es Colombia. Esta ya no es la casa de mi cuerpo pero sí la casa de mi espíritu. Ahora vengo aquí al menos una vez al año (aunque quisiera que fuese mucho más seguido) para recargarme del amor de mis amigos, el bosque, el canto de los pájaros, la lluvia, la gentileza de los vecinos y la comida que me llena el corazón más que la panza.
Vuelvo aquí, vuelvo a mí.
En estos dias tuve el gran privilegio de subir a la cuna sagrada de agua, también conocida como páramo de Chingaza. Desde la sequía de Los Angeles que me estaba marchitando tenía meses añorando la lluvia, la niebla, el barro, el petricor. Ya había visitado al páramo en mis sueños antes de venir, y sabía que me estaba esperando.
Nuestro guía Don Alonso, un sabedor Muisca tan entrelazado con el territorio que parece más Frailejón con patas que humano, nos habló de cómo se relacionaban tradicionalmente los Muisca con este ecosistema. Nos contó cómo unos señores se adueñaron de las lagunas, les quitaron sus nombres ancestrales, les pusieron los suyos (!) y quemaron decenas de miles de hectáreas de páramo porque pensaban que ‘‘esa tierra no servía para más nada que la ganadería’’. Nos explicó que la vida en el territorio, aunque hoy día finalmente se declara área protegida, aún sufre las consecuencias de esa debacle. Nos aseguró que si la conservación ambiental no se aborda desde lo espiritual, nunca va a ser exitosa.
Cuánta sabiduría le ha brindado el páramo a Don Alonso.
El Instituto de la Ley Natural habla del concepto de conocimiento situado en territorio. Esta es la orientación que surge desde un lugar especifico y los seres o entidades que lo habitan. Las características particulares de esos seres son lo que determina de qué manera se organiza la vida en ese lugar y lo que nace, crece y prospera ahí y por qué. Es lo que nos permite saber que los Frailejones son los administradores supremos del agua, porque capturan la niebla y la lluvia en sus hojitas peludas, la guardan en sus tallos, y la sueltan poco a poco a la tierra para que no haya sequía ni inundación. Sostienen un balance muy delicado en este lugar.
Hoy en día desafortunadamente nuestro mundo funciona desde el placeless thinking o pensamiento desubicado. Estamos desconectados de las especificidades biológicas, culturales y espirituales que se han formado en cada lugar de la Tierra a lo largo del tiempo. Pero ignorar esas especificidades no es solo ignorar la inteligencia evolutiva sino nuestro propio patrimonio cultural como especie.
Don Alonso ha pasado toda su vida en este territorio y conoce todas las plantas y sus usos ancestrales, los animales que lo habitan y sus funciones en el ecosistema. También sabe cómo han cambiado sus comportamientos o si se han extinguido y por qué. Es fluido en el idioma del páramo, porque su observación continua a lo largo de estaciones, años, y décadas le ha revelado la sabiduría que existe ahí.
Su relación es tan estrecha que el páramo ha empezado a hablar a través de Don Alonso, permitiéndole recuperar conocimiento en forma de la lengua Muisca. Ahora él es parte de varias iniciativas para recuperar este dialecto que desapareció a raíz de la colonización e invisibilización de estas comunidades. En una manifestación hermosa de lo que es una relación recíproca con un territorio; las montañas, las lagunas y las plantas le están permitiendo a Don Alonso recordar sus nombres antiguos. Como dicen por ahí: dando y dando.
La conservación de la cultura ancestral es igual de importante que la conservación ecológica porque son la misma cosa. Cuando le brindamos atención, cuidado y participación a un lugar, ese lugar nos devuelve sustento y sentido de pertenencia. Necesitamos urgentemente operar más desde esta orientación y forma de saber.
¿Qué acciones, así sean pequeñas, podemos tomar para conocer nuestro territorio de forma situada? quizás aprender el nombre de una planta, identificar de dónde viene el agua que utilizamos o investigar sobre sus custodios originales. O quizás podemos encontrar a un Don Alonso y preguntarle cómo ha cambiado ese lugar en los últimos años. Abrámonos a este tipo de conocimiento, porque es lo que nos va a salvar.
Ese día en Chingaza recorrimos el sendero para llegar a las Lagunas de Siecha, a 3.600 m.s.n.m. Durante ese ascenso los pulmones se me empezaron a estrujar y le rogaba a mi cuerpo que se acordara que vivió a estas alturas por muchos años… acuérdate rápido, cuerpito, por favor. De todas maneras, la falta de oxígeno allá arriba no me impidió llorar ante la belleza del mar de Frailejones y la neblina itinerante.
En este paisaje dramático, exótico y absurdamente hermoso rompo en llanto porque mi cuerpo recuerda que las células que formaron los frailejones y estas montañas también son células que formaron mi propio cuerpo. Lloro porque en todo nuestro planeta, este ecosistema solo se encuentra en Ecuador, Colombia y Venezuela; dos de los cuales son mis hogares eternos. Lloro porque nada me hace sentir más viva que comulgar con la Tierra silvestre. Lloro porque el sistema que rige el mundo trabaja activamente para hacer que se me olvide.
Eventualmente llegamos a la laguna y nos hicimos en una piedra para compartir nuestro almuerzo. Don Alonso nos dijo que el que quiera puede meterse pero debemos quitarnos los zapatos; por respeto, y para proteger la vida tan pequeñita y delicada que existe en la orilla. No lo pensé dos veces y en dos minutos tenía los pies metidos en el barro más suavecito (y helado) que he sentido en mi vida.
No me quiero ir de aquí nunca es lo único que pensaba. No me basta visitar el páramo por un día; quiero que la neblina me absorba para caer encima de las hojas del Frailejón y que me digiera a través de su tallo largo y que me suelte en la tierra para convertirme en río y que luego el sol me caliente y me convierta en nube y luego bajar en forma de lluvia para caer de vuelta en esta misma laguna… y así repetir ese ciclo por siempre.
Venir a peregrinar a estos altares andinos es una bendición. Cuando respiro este aire y me salpico de esta lluvia y mis dedos tocan las hojas suavecitas de los Frailejones me conecto con lo simple y lo verdadero: que nuestra Tierra es hermosa y frágil y compleja y que mi corazón se estalla de amor desmedido por ella.
Quiero creer que la tierra me ama de vuelta. Porque ahí con las piernas metidas en el agua, con los pies entumecidos por el frío, por un momento, salió el sol.
Que este año te trate suavecito como las hojas de los Frailejones,
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Adri, aprendo tanto de tus escritos. Amo leerte <3
Esto!!!!!! "No me basta visitar el páramo por un día; quiero que la neblina me absorba para caer encima de las hojas del Frailejón y que me digiera a través de su tallo largo y que me suelte en la tierra para convertirme en río y que luego el sol me caliente y me convierta en nube y luego bajar en forma de lluvia para caer de vuelta en esta misma laguna… y así repetir ese ciclo por siempre."
Andaba esperando tu nuevo artículo tan bello e inspirador, y como siempre logra conmover profundamente este corazón.
Aquí donde resido, ya no quedan espacios tan virgenes como los de tu tierra natal, los bosques de Encinas y Robles fueron arrasados para hacer monocultivos, sin embargo, aún quedan pequeños “bosquecillos”. Cuando salgo casi cada día con la bici, y puedo gozar de la danza del vuelo de las águilas, y abrazarme a la hermana Encina, con sus ramas abiertas , como brazos, al Sol o el día que me encontré con una hermosa hembra de Corzo , a tan solo 5 ó 6 m, y en los instantes que nuestras miradas permanecieron unidas, sentí que todos y todo estamos (conectados) hechos de la misma Sustancia, y que la separación es solo ilusoria, entonces, de estos ojos brotan lágrimas de alegría y tristeza.
Gracias por tus palabras Adrianna!