¿Cuál es tu emergencia?
Sobre las historias que nos salvan la vida
Sophie Strand (una divina hada del bosque, para los que no la conocen) es una referencia enorme para todos los humanos interesados en ecología espiritual, animismo y mito-poesía. En un ensayo de su libro The Body is a Doorway, habla de por qué contar historias debería ser una emergencia. Sophie, como humana que ha lidiado con una enfermedad autoinmune crónica y por ende su propia mortalidad desde muy joven, nos invita a abordar el acto de contar una historia como una emergencia. Como si nuestra vida dependiera de ello.
‘‘No escribas una historia porque crees que va a ser cool, escribe una historia porque te salvó la vida. Y así, posiblemente, le salve la vida a alguien más.’’
Entiendo perfectamente a lo que se refiere Sophie cuando habla de su emergencia, porque para mí es la historia que quiero gritar desde arriba de los techos. La historia que quiero jalar a desconocidos del brazo en la calle para contarles. Es la historia de las flores, la luna, y las olas del mar. Y es la misma historia de nosotros los humanos, pero parece que se nos ha ido olvidando con el tiempo.
Cuando estaba chiquita, pasaba mucho tiempo en la casa de mis abuelos en el Páramo de la Culata en Mérida, Venezuela. Un día, mi abuela Marina —Mamía para mí— me llamó al jardín para que la ayudara a plantar unas Hortensias.
Hortensias: el primer nombre de flor que me aprendí. La primera vez que metí las manos completamente en la tierra.
¿Cuándo fue la última vez que metiste las manos así en la tierra?
Ahora, de adulta, reconozco cuán importante es que fue ella quien me enseñó a plantar flores. Hoy en día esas Hortensias siguen en el jardín, aunque mi abuela ya no. Espero que dondequiera que esté sepa que el regalo de plantar flores por primera vez en mi vida fue el más grande que me dio.
Este encuentro con las lombrices y escarabajos que viven debajo del suelo fue una de pocas excepciones en lo que fue una crianza de niña de ciudad. Y a medida que fui creciendo, nunca nadie me contó las historias que solo se pueden escuchar cuando tienes las manos metidas en la tierra. Me contaron otras, distintas, que me hicieron más daño que bien y que son las que hoy nos están enfermando a todos.
Me contaron que la ciencia occidental era la única manera válida de saber algo y que el consumismo disfrazado de progreso era la única forma de estar en la Tierra. Me contaron que hay que suscribirse a un sistema de educación comercial donde solo se difunde información acorde a ciertos intereses, y al que solo tienen acceso unos pocos. Me contaron que las únicas conversaciones que vale la pena tener son las nuestras, las de los humanos. Me contaron que este mundo absolutamente mágico es mudo, que no habla.
Esas historias me rompieron a tal punto que casi me matan. Mi cuerpo sabía lo que mi mente no podía entender todavía: que esa forma de “vivir”, de no relacionarme con otros seres y de caminar sobre este planeta como si yo fuera el centro de él, es completamente insostenible, egoísta y letal. Y cuando quedé rota, o para ser más específica: cuando mi cuerpo y mi mente se negaron a actuar de forma ‘‘funcional'‘ según este sistema, finalmente aprendí a escuchar.
La historia de las Hortensias es la historia del páramo, del petricor, de mi abuela y de todas las mujeres de mi linaje y el tuyo. Es una historia que se ha estado contando desde antes de que los humanos habitáramos la tierra. Una historia que vive en las raíces de los árboles antiguos y en las cenizas del fuego que mantenía vivos a nuestros ancestros. Todos la tenemos grabada en nuestros cuerpos y si paramos a recordar, nos puede salvar la vida.
Es esa historia —la de los colibríes que han evolucionado sus picos adaptándose a la forma de una flor específica, y la de los árboles madre que les pasan nutrientes a los arbolitos pequeños a través del micelio— la que me ayudó a entender mi lugar cambiante, fugitivo y efímero en este mundo.
Los seres que habitan la tierra guardan toda la sabiduría para cohabitar con intención y reciprocidad. Guardan la medicina para sanar todo lo que nos duele. Esos seres me han confiado esa historia a mí, y a tantos otros humanos, para ser contada; porque saben que muchos han olvidado cómo escuchar al viento, el fuego y el agua. Por eso me abro a que los elementos me atraviesen como un rayo a un tronco seco en una tormenta eléctrica, y que no le permitan a mi mente olvidar lo que mi cuerpo ya sabe: que venimos del mismo sitio y estamos hechos de la misma cosa. Que hay grietas en los volcanes donde caben todos nuestros dolores, inquietudes, y ansiedades donde se pueden fundir con la lava.
Es imperativo recordar esa historia porque desde ahí es posible crear otras mejores. Necesitamos, urgentemente, nuevas historias que se adapten a las nuevas dinámicas que estamos cocreando con la Tierra, el clima, los animales, y los otros humanos. Historias que nos permitan hacerle espacio a otras formas de vivir más inclusivas y luminosas.
Entonces, esta es mi emergencia. Esta es la historia que necesito contar con todas mis fuerzas como si fuera lo único que voy a contar en mi vida. Y la mejor parte, es que no hay que ir corriendo a ningún lado. Hay espacio para la pausa, el descanso, el cuidado y la atención. Caben todos los ritmos del universo que están dentro de nosotros y que nos sostienen. Son bienvenidas todas las preguntas que surgen desde el misterio que es estar vivos aquí.
¿Podemos permitir que estas historias nos cambien? pregunta Sophie en su libro.
No sé tú, pero yo estoy cada vez más convencida de que sí.





Me hiciste llorar muchachita de mi alma y de mi corazón es tan EMERGENCIA contarlas quue me. Rey doy enterándo que Mami fue la. Orienta o unica que te metió tus benditas manitas. Debajo de la tierra 🙏🏻❤️💯🥰