Primeros Auxilios
Aprender a sobrevivir vs. Aprender a pertenecer
El calor del verano aún no cede, y mientras nos acercamos a la temporada de incendios, rezo para que llegue la lluvia.
La semana pasada hice un curso para certificarme en Wilderness First Aid, o Primeros Auxilios en Lugares Remotos. Es un requisito para el programa de guía de terapia de bosque que empecé este año, pero también supuse que sería útil considerando la cantidad de tiempo que paso en ‘‘lugares remotos’’ ya de por sí.
Fue una experiencia interesante por varias razones, una de ellas siendo lo mucho que las personas en este país confían en y dependen de los cuerpos de rescate. Todo el contenido del curso estuvo enfocado en tratar de mantener a una persona viva por un máximo de 8 horas hasta que llegara el rescate. Me llevé un choque cultural porque de donde yo vengo, no necesariamente va a aparecer un helicóptero a rescatarte si te deshidrataste en pleno verano adentro de un cañón porque se te olvidó llevar agua.
No pretendo idealizar la falta de inversión en infraestructura a nivel de cuerpos de rescate o instituciones ambientales en general en países como Venezuela o Colombia (territorios a los que sí se llamar casa), pero durante esta experiencia noté muy claramente la diferencia entre las personas que saben que van a ser rescatados a toda costa y actúan acorde a ello, y las personas que crecimos sin ningún tipo de garantías y nos acercamos a cualquier experiencia remota con un poco más de cautela.
Tampoco pretendo ignorar el hecho de que en Estados Unidos, apenas 5% del territorio es considerado silvestre y solo 2.7% está protegido contra la explotación. Cuando vas a ‘‘lugares remotos’’ en este país, es muy probable que estés mucho más cerca de una carretera y un helicóptero de lo que parece. En cambio, en Colombia 53% del territorio nacional es considerado silvestre, y 31% está protegido (por ahora).
Adentrarse en esos montes donde puedes pasar días sin alcanzar ningún tipo de civilización es como meterte en el ombligo de la tierra. Si ella decide llevarte, de ahí no te va a venir a sacar ningún paramédico.
Para uno de los ejercicios que hicimos en el curso, nos dividieron en grupos y nos dieron un mapa topográfico con unas coordenadas y un escenario de emergencia, para que definiéramos un plan de acción y la ruta de evacuación más óptima.
Fue fascinante ver cómo cada uno explicó lo que creía que había que hacer, todos coincidiendo en que la prioridad era conseguir señal para llamar al todopoderoso 911. Seguro nunca han ido a mis montañas, pensé, donde no hay 911 sino –con suerte– algún indígena o campesino que los ayude. Donde los ‘‘rescatistas’’ no son ajenos al territorio sino una extensión viva del mismo. Humanos que saben cómo se mueve el viento y cómo respira la montaña.
Me pregunto cómo cambiaría nuestra interacción con la naturaleza si no contáramos con esas garantías, o si nos enseñaran desde un lugar diferente. Quizás nos tomaríamos el tiempo de aprender cómo nos pueden beneficiar los seres de un ecosistema y nosotros a ellos. Tal vez pediríamos permiso antes de cruzar un río, o le dejaríamos una ofrenda a un árbol después de disfrutar su sombra.
La Cruz Roja recomienda una lista de cosas que debemos llevar con nosotros en nuestro kit, pero no nos enseña a identificar cuáles plantas nos pueden ayudar si los medicamentos no están al alcance. Nos enseña qué hacer si nos rompemos un tobillo, pero no cómo caminar con reverencia ante la piedra.
¿Cómo podemos expandir la mirada más allá de estos protocolos?
¿De qué formas podemos incorporar las relaciones respetuosas con lo más que humano a la exploración de un territorio?
No todas las fracturas son del cuerpo, y no todas las emergencias se resuelven con un vendaje. Aprender primeros auxilios en la naturaleza no debería ser solo entrenar para sobrevivir en ella, sino para recordar cómo convivir con ella.
Buen camino siempre,
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Waoooooo cuanto que seguir aprendiendo de ti mi tesoro color algodón Te AMO
Te llevo en mi corazón