Quiero ser más porosa y menos sabia
Hoy te cuento una historia y te planto una idea
Cuando recién me cambié de río, mi esposo me llevó a pasear por una carretera que atraviesa Angeles National Forest. Después de un rato manejando paramos en una curva donde había un mirador que daba a la ciudad, aunque ahora que lo pienso no sé por qué alguien que está en medio de las montañas querría parar a ver la ciudad. Lo primero que noté cuando empecé a caminar fue que toda la montaña estaba completamente cubierta por una mata espectacular que yo nunca había visto en mi vida.
Me bajé de la carretera al barranco y me acerqué a una de ellas, diciéndole con el pensamiento no te voy a dañar, solo te voy a tocar. Siempre hago esto con todas las plantas que voy conociendo porque ellas son inteligentes y pueden percibir cuando alguien se aproxima. Eso no lo inventé yo, eso me lo dijeron ellas. Toco una hoja (sin arrancarla), y es durísima como un cuero seco. No: durísima como las piedras entre las que crece. Al oler mis dedos me envolvió un aroma alucinante; cítrico, mentolado y grueso.
Medicina pienso. Medicina fuerte.
Con cada detalle que logro apreciar de esta planta va creciendo mi urgencia de saber quién es. Eventualmente cuando regresé a una zona con señal pude identificarla.
Yerba Santa
Eriodictyon californicum es una especie de planta de la familia Boraginaceae. Es una planta perenne que crece en el hábitat del chaparral y es originaria de California, el norte de México y otras zonas del suroeste. Otros nombres comunes de la Yerba Santa son Hierba Santa, Bálsamo de Montaña, Hierba del Oso, Planta de goma, Hierba Consuntiva y Hierba Sagrada.
¡Con razón! qué nombre tan apropiado para este ser místico que me envolvió en un trance la primera vez que lo vi. Pienso ahora yo también camino en la tierra de esta diosa. Me invade una emoción de niña pequeña al pensar en poder verla y olerla otra vez.
Desde aquel entonces me encontré con Yerba Santa muchas veces en distintas partes de California y me sacaba una sonrisa de oreja a oreja cuando la veía en alguna caminata. Aprendí que hay 11 tipos distintos de Yerba Santa. Algunas son peluditas, otras duras; algunas tienen flores moradas, otras blancas, y todas huelen a gloria. Estudié los usos medicinales que le daban los Chumash, Kawaiisu, Salinan, Ohlone, Miwok y Pomo. La tomaban para la tos, la masticaban para el asma, y ponían una hoja hervida sobre la frente para dolores de cabeza. ¡Qué ganas de ponerme una hoja de estas en la cabeza! También aprendí que es una fire follower, o sea que llega a traer belleza y curación a los lugares donde el fuego ha arrasado todo. Estamos hablando de una planta tan poderosa que los españoles colonizadores que llegaron aquí la nombraron Yerba Santa. Una hechicera, curaca, alquimista. ¿Sí te puedes imaginar?
Lo más curioso de mi deslumbramiento con Yerba Santa es que nunca fui capaz de recolectarla. Durante nuestro largo cortejo no me atreví a quitarle ni una hoja, era una certeza inexplicable de que el deleite estaba guardado solo para cuando tenía la suerte de encontrármela. Y así pasamos un año, hasta que todo cambió.
La semana pasada salí a explorar un sendero en las montañas de Santa Monica que no conocía. Hacia el final del camino, paré a dar un último vistazo para agradecerle a la montaña que me dejara transitarla sana y salva, cuando me di cuenta de que esa sección estaba repleta de ella, mi amada. Pero esta vez me estaba gritando, como brillando de un verde más fuerte de lo normal. Me arrodillé a saludarla e inmediatamente sentí un impulso inevitable de llevarla conmigo. ¿Segura? le pregunto, y como poseída terminé con un ramillete en la mano.
Hola otra vez, dueña del aroma que cura todos los males. Gracias por venir conmigo a casa hoy.
Le agradezco con un beso en una de sus hojitas y sigo caminando, esta vez más rápido porque voy cargando un tesoro en mi morral.
Los humanos estamos condicionados a experimentar la vida como si fuésemos los únicos seres con voluntad, pero creo que los tiempos precarios que estamos viviendo están llamando a una mirada diferente y algo radical. No me refiero a la noción binaria de antropocentrismo vs. ecocentrismo donde la naturaleza es buena y la ciudad es mala, sino más bien a reconsiderar si de verdad somos el centro del universo o si las fuerzas exteriores nos están utilizando a nosotros también.
¿Qué pasaría si tomo mi historia con Yerba Santa y digo ‘‘ella me escogió para que la trajera a mi casa’’ en vez de ‘‘yo la arranqué y me la llevé?
¿Qué cambia si por un momento pongo a un lado lo que pienso que sé y me abro a que el mundo que me rodea me atraviese?
¿Qué tan libre realmente es mi albedrío?
Que las plantas y nubes y arañas te escojan,
–Adrianna ❊





Palabras sabias que vienen del ser divino que te guía
Me encantó esta reflexión 🌿🌿