Refugio de flores blancas
La búsqueda del hogar no es sobre el hogar, es sobre la búsqueda
Hubo un tiempo en que para mí los árboles solo eran parte inerte del paisaje. No los estaba viendo realmente sino que estaban siempre en el fondo. Hasta que un día, como quien rompe un hechizo (aunque lo que rompí fueron muchas capas de condicionamiento) desperté y comencé a percibirlos como seres sintientes, inteligentes, diversos; ancestros vivos que tienen mucho que enseñarme.
En los comienzos de ese despertar estaba pasando la mayor parte de mis días en Bogotá, una ciudad que está silenciosamente custodiada por árboles de Sauco. Me tardé alrededor de un año viviendo ahí en despertar la curiosidad y averiguar su nombre.
Sauco. Sambucus. es un género de entre 20 y 30 especies de plantas en la familia Adoxaceae. Su nombre probablemente proviene del griego antiguo sambúkē , término que significaba un pequeño instrumento musical de viento.
Mi último año en Colombia viví en un edificio rodeado de Saucos. Había al menos 5 a los que saludaba todos los días, acercando mi cara a sus florecitas y dejando que me acariciaran los cachetes. Esa fue una de las temporadas más difíciles de mi vida porque estaba en transición de mudarme de un país a otro (por tercera vez) y sentía que estaba en un limbo sin raíces. Me aferré a observar estos árboles como ritual para mantener los pies en la tierra; en las caminatas por mi barrio, desde la ventana de los taxis, o cuando subía el cerro los fines de semana. Siempre estaban ahí, como unos ángeles que me estaban cuidando, y dándome la sensación de que a donde quiera que iba, había caras familiares.
Ese tiempo que pasé volviéndome amiga del Sauco aprendí de sus ciclos de floración, conocí a varios de los pajaritos que se alimentan de sus frutos, y descubrí sus propiedades antivirales y capacidad de fortalecer el sistema inmunológico. Me enamoré locamente de sus flores blancas suavecitas que crecen en forma de toldo y tienen un aroma tan sofisticado que solo puedo asociarlo con algún plano celestial.
Forjar relaciones con otros seres, de la forma que se sienta más auténtica para nosotros, nos da más regalos y bondades de los que podemos imaginarnos. Nos demuestra que existen otros tiempos que se parecen más a los de nuestros cuerpos que los que nos han enseñado. También nos da contexto del lugar que habitamos, ya que enfocar la mirada en todo lo que vive junto a nosotros nos quita la presión de pensar que todo gira a nuestro alrededor. Es mediante esa observación cuidadosa que les permitimos a esos seres expresarse a través de nosotros. Ellos siempre están ahí, esperando que abramos los ojos. Y qué regalo me di al abrir los ojos ante este mago sabio.
En la escuela de herbolaria donde estudio plantas, meditamos con infusiones para conocer sus espíritus. Si esto suena un poco nuevo para ti: no me refiero a plantas con propiedades psicoactivas exclusivamente, me refiero a todas las plantas, porque todas tienen espíritu. La primera vez que hice una meditación con una infusión de Flor de Sauco, sentí que llegué a uno de muchos hogares que he tenido en muchas vidas. Entendí el verdadero poder de esta planta y conecté con una sensación de protección divina.
Después, validando lo que vi en mi meditación, aprendí que en la mitología Nórdica hay un espíritu protector que vive adentro de Sauco y se llama Elder Mother o Hyldemöer; y que para no ofenderla, siempre debías pedir permiso antes de cosechar frutos o cortar su madera. Además era muy mala suerte quemar la madera de Sauco en las hogueras, porque era -¡es!- sagrada, y empezaba a echar chispas si la metías al fuego. Si te quedabas dormido debajo de un Saúco, ibas a despertar en el mundo de las hadas, y hasta la varita mágica más poderosa en la saga de Harry Potter estaba hecha de su madera.
Árbol místico. Árbol celestial. Árbol protector.
Cuando finalmente llegó la hora de mudarme, lloré mucho por dejar a mis Saucos de los Andes. Sentía un dolor en el corazón al pensar que ya no iba a caminar en su reino luminoso donde yo solo era un animalito más, maravillada por sus toldos blancos y sus troncos torcidos. Protégeme, Hyldemöer, mientras atravieso este portal. Cuídame hasta llegar sana y salva al otro lado.
Los humanos llegamos a un punto en el que colectivamente decidimos que los mitos son solo cuentos irrelevantes, porque nos obsesionamos con el conocimiento cuantificable que procuramos a través de la ciencia occidental. Pero los mitos nacieron en épocas en las que nos relacionábamos con la Tierra y las fuerzas que la habitan de maneras mucho más cercanas y verdaderas, cuando el velo entre este plano y el otro era mucho más delgado. Ahí están las claves para reconectar con lo verdadero. Esto no lo inventé yo, esto lo cuentan las mismas plantas y los pueblos originarios que las saben escuchar.
¿Cómo podemos permitir que estas ideas nos cambien? ¿Somos capaces de abrirles nuestro corazón para que se muevan a través de él? ¿Podemos percibirnos como humanos dentro de los cuales vive el bosque y no vice versa?
Cuando le prestamos atención a esos mitos, el Sauco deja de ser un simple árbol y se convierte en un maestro que nos enseña de humildad: a presentarnos ante un ser vegetal reconociendo que no somos más ni menos que él, a construir una relación recíproca, y a pedir permiso para poder tomar sus recursos. Estos seres no solo son especímenes que deben ir archivados en un catálogo botánico o utilizados para extractos farmacológicos, sino personajes de una historia viva y pulsante que se ha manifiestado a través de nosotros por miles de años.
En el paisaje donde vivo ahora también hay Saucos, aunque de otra especie. Desde que llegué, los he ido observando con cautela y admiración, presentándome poco a poco. Les he llevado ofrendas en forma de tabaquitos, semillas, canciones, para que sepan que los amo aquí con la misma devoción con la que los amé allá. Así intento cultivar esta práctica de reverencia ante lo más antiguo que yo, que me ayuda a recordar de dónde vengo y me enseña a echar raíces en donde estoy.
Hace unos días fui a visitar a mis nuevos Saucos en una caminata a la montaña, ritual que adopté desde que llegué aquí, y me permitieron cosechar sus frutos por primera vez. Me aseguré de dejarles suficientes frutas a los pajaritos y volví a casa con la canasta y el corazón llenos. Mientras me comía la mermelada que preparé, sentí cómo un poco de mi nostalgia se comenzaba a convertir en arraigo.



Ojalá los árboles te hablen, y ojalá sepas escucharlos





Tus líneas me llenan de sabiduría y tocan algo dentro de mi que me lleva a otra dimensión donde siento ternura amor y magia. Es lo mismo que siento cuando estoy regando la grama de Quinta Kathy y poniendo abono sobre ella; el olor a tierra mojada y a grama cortada es relajante. Y mientras riego me transporto a mis años de niño ahí donde yo era tres personajes ; supermán porque podía hacer todo, desde pintar las paredes hasta lustrar los zapatos de papá y ordenar sus medias a la perfección. También era un gladiador Romano porque me gustaba jugar espadas y hacer flexiones y pesas aunque pequeño y corredor de autos porque papá me llevaba a Camunare en su Camaro Verde Súper Salvaje a 210 km/h y eso para mi era wow! Pero luego descubrí que no era supermán cuando papá enfermo de Cáncer y yo con 12 años no pude hacer nada más allá que estar a su lado todo lo posible sin faltar al colegio.
Tus líneas son mágicas hija. Eres un ser humano muy lindo y consciente.
Besos siempre
Papi
Siempre es enriquecedor leerte y a la vez voy aprendiendo y amando mas a la madre naturaleza. Te amo y te admiro