Sendero no te acabes nunca
Animal tierra sube la montaña y se convierte en animal nube
Estoy de vuelta en Los Angeles después de pasar las últimas semanas en un peregrinaje por los Alpes, y mi corazón se desborda de agradecimiento por la oportunidad de visitar estos lugares y el privilegio de tener un cuerpo que tiene pies que suben montañas y nariz que huele flores y labios que besan musgo suavecito y ojos que lloran cuando ven un lago alpino por primera vez.
No sé si conozco una vivencia más transformadora que llevarles mis tristezas y alegrías a las montañas con la esperanza de que las conviertan en algo hermoso. Cuando regreso de subir una montaña mi piel está seca como la de una iguana, mis pies magullados y mis piernas estrujadas. Con el tiempo, me he dado cuenta de que son particularmente talentosas desinflando el ego y limpiando el corazón. Son altares donde se ofrendan las lágrimas que salen cuando empujas tu cuerpo al límite a cambio de acercarte un poquitico más a las nubes. Son gigantes que resguardan portales alquímicos; nidos de mitos y leyendas.
Si decides emprender el viaje cuesta arriba en una montaña te das cuenta de que rápidamente comienzan a surgir todas las emociones —los trapitos sucios— que no sabías que tenías guardados. Basta con caminar algunos kilómetros para que comiences a sentir el peso de la rabia, el rencor, el estrés y todo lo que estabas cargando, y con lo que no puedes seguir subiendo a menos que lo dejes atrás. La montaña nos presenta la opción: ¿quieres seguir subiendo, o no? entonces suelta. Haz espacio para lo que de verdad importa.
He notado que muchos humanos que suben montañas las utilizan como pista de carreras y su meta es subirlas en la menor cantidad de tiempo posible. Sé respetarlos, pero no logro entenderlos. Yo no soy muy rápida ni muy atlética y principalmente no me interesa el constructo de tiempo cronológico sino los miles de tiempos de la montaña y de todo lo que en ella habita. No me importa la cima sino el contexto a través del cual se llega a ella. Cuando estoy en el sendero, poco a poco dejo de ser humana y me convierto en aguja de pino, piedra de laja, quebrada dulce, flor silvestre, abeja buscona y llovizna repentina. En la caminata me someto al espiral misterioso que sostiene el balance perfecto de ese ecosistema sagrado y con la cabeza bien bajita pido permiso para transitar. Me deshago del concepto de un destino final y me permito ser viento danzante.
Uno de los regalos más valiosos que me da la montaña es encontrarme con una versión de mí misma que es resiliente, determinada, curiosa, algo delirante e inevitablemente humilde. Ahí arriba soy completamente consciente de lo pequeña e insignificante que soy y al mismo tiempo me siento grandiosa y poderosa porque recuerdo que estoy hecha de ese mismo polvo, ese mismo musgo y esa misma agua.
Antes de venir hasta aquí no sabía muchos detalles sobre la historia de esta cordillera, y tampoco quise investigar para dejar que ella misma me contara primero. Es muy importante dejar que la Tierra nos cuente las cosas antes de inundarnos de lo que los otros humanos creen que saben, porque nuestros cuerpos tienen formas de escucharla mucho más sabias de lo que imaginamos.
Los Alpes me presentaron al maravilloso y diverso grupo de arbolitos que viven en ellas como los Sauces, Fresnos, Avellanos, Álamos, Arces y Hayas. Me permitieron ver lagos alpinos por primera vez en mi vida, haciéndome romper en llanto ante tanta belleza. También me mostraron sus rocas muy blancas que les dieron su nombre original Monti Pallidi (Montañas Pálidas), que luego los humanos científicos cambiaron a Dolomitas porque están hechas de Dolomia, una piedra que se llama así por el señor humano Déodat de Dolomieu, que dice que la descubrió.
A mí me cuenta la piedra que no fue descubierta por nadie, porque ya estaba ahí desde hace millones de años. Si acaso, fue ella quien descubrió al señor Dolomieu. Los humanos tenemos la capacidad de investigar cosas asombrosas, como que estas montañas tienen 250 millones de años y que antes de ser montañas fueron un arrecife de coral. Pero a veces en nuestro afán por adueñarnos de todo, se nos olvida que la grandeza de la naturaleza no cabe en nuestras etiquetas, mucho menos en nuestros nombres. Lo que tenemos de audaces lo tenemos de bobos. La montaña se ríe.
Atravesando los recovecos de Cinque Torri —que se sintió como entrar al útero de la Tierra— aprendí que ahí se lucharon muchas batallas de la primera guerra mundial. En los picos aún se pueden ver las trincheras que hicieron las tropas Italianas.
Montaña ancestro. Montaña refugio. Montaña campo de guerra.
Estas piedras vieron morir a cientos de miles de humanos que se mataban entre sí por adueñarse de ellas, pero me pregunto qué no habrán visto en 250 millones de años desde que dejaron de ser arrecife. Cuando me imagino esa escena horripilante, pongo mi cuerpo sobre la piedra intentando transmitirle amor. Me dice eso no es nada, y se ríe otra vez.
Abuelos, guardianes, portales, maestros. Estos ojos de piedra nos han visto ser chispa, hueso y escarabajo. Contienen la historia de nuestra creación y serán testigos de nuestro regreso al gran silencio. Al polvo compartido.
Desde aquí arriba rezo que el sendero no se acabe nunca. Que pueda seguir aprendiendo a ser niebla y halcón. Que las montañas no me quiten el ojo de encima, porque camino con su protección mientras sigo subiendo. No para llegar, sino porque aún tengo mucho por escuchar.
P.D.
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Gracias siempre por leerme, qué lindo es caminar en este bosque contigo.
–Adrianna ❊






OMG mi Luli amada que gran experiencia vivida en los hermosos Alpes me hubiera gustado sostener o secar tus lágrimas de emoción y felicidad TE AMO bendiciones para ambos POPO
Hace tanto que no vivo algo así 🫀Me dieron todas las ganas de perderme en la montaña