Soy de los dos
Sobre pertenecer a más de un río y más de una tierra.
Desde que cambié de río (o sea, desde que me mudé de un lado del continente al otro) he estado aprendiendo a comunicarme con la tierra de este lado. En ese proceso han nacido nuevas miradas y nuevas preguntas que me van regresando a mi centro, entendiendo que es el mismo centro de ella.
Una parte fundamental de mi despertar natural (este término me lo acabo de inventar pero me refiero a cuando empecé a crear relaciones con los seres más-que-humanos y por ende mi forma de experimentar la vida cambió radicalmente) fue empezar a hablar con los ríos.
Mi primer trabajo cuando me mudé a Colombia fue en una agencia de eco-turismo donde aprendí muchísimo sobre la geografía del país, y desarrollé una fascinación por sus tantos ríos que al principio, viendo los mapas, se me hacían carreteras azules infinitas. Recorrí páramos, selvas, montañas, sabanas y manglares, observando y absorbiendo sus aguas. Al día de hoy no estoy segura si yo adopté esa fascinación por los ríos, o si ellos me adoptaron a mí, para que yo les pueda contar esta historia de parte de ellos.
El despertar natural pasó en un momento durante el cual estaba perdida emocional y espiritualmente. Llegué a estos paisajes del Sur consumida en un dolor inmenso, demasiado grande para cargar yo sola. Pero en ellos encontré una madre todopoderosa que me acogió y me arrulló. Una fuente de energía vital que me dijo ven, yo te ayudo, siéntate aquí en mi orilla y entrégale ese dolor a la corriente.
Jamás olvidaré la primera vez que tuve el privilegio de navegar el río Orinoco en la frontera entre Colombia y Venezuela. Una majestuosa anaconda de agua conectando mis dos hogares. En ese espacio liminal sentí cómo las partes de mí que se habían fragmentado al saltar de país en país se unían en un solo lugar. ¿Por qué nadie me había dicho antes que esto es lo más hermoso que existe en el mundo? ¿Cómo es que a nadie se le ocurrió explicarme que las curas a todos mis males estaban justo aquí?
Mi percepción de los ríos del Amazonas, los Andes y el Caribe siempre fue de inmensidad y abundancia. Cuando mi cuerpo estaba inflamado, sumergirme en el agua fría se sentía como entrar al vientre de mi mamá otra vez. Cuando mi mente estaba agitada, sentarme en una piedra y concentrarme en la fuerza de la corriente contra mi cuerpo espantaba todos los malos pensamientos. Cuando tenía sed cruzando algún bosque siempre había una quebrada dulce para quitarme la sed. Durante ese tiempo la tierra me estaba diciendo sé que estás muy necesitada, toma todo lo que tengo para darte.
Esos años aprendí de comunidades enteras que viven en simbiosis con estos ríos. Humanos que los conocen como la palma de sus manos; que dependen de ellos para desplazarse, para comer, y que como el río están entrelazados con los ciclos de la lluvia, la luna, las montañas y los peces. Conocí de primera mano lo que es la verdadera riqueza. Magia en la vida real. Esos ríos y sus humanos no solo me enseñaron sobre reciprocidad y balance sino también me regalaron alimento, conocimiento, refugio y medicina. Me bautizaron con aguas de serpientes míticas que bajan de picos que tocan el cielo y se hacen camino en los bosques y selvas y playas. No me imaginé que esas carreteras azules que veía en los mapas me iban a cambiar la vida.
Después de 7 años aprendiendo a ser río del Sur me tuve que venir ir al Norte. Y aunque partes de mí aún siguen procesando esa separación, me contenta poder decir que ahora estoy más ocupada conociendo los ríos que hay aquí. Como quien llega a casa ajena, me he ido asomando en estos paisajes rocosos, secos, y severamente maltratados. Ha sido difícil venir a buscar esa madre generosa que conocí en el Sur y encontrarme con los ecosistemas más intervenidos y arrasados por el hombre en todo el mundo. La versión de mí que solo supo encontrar belleza y armonía en aquellas tierras entró en crisis porque ¿Cómo así que estas quebradas tienen tres años sin ver agua? ¿Por qué el río de Los Ángeles está casi seco, completamente pavimentado y contaminado? ¿Quién permitió que erradicaran el 99% de los césped nativos y con ellos todo el ecosistema? ¿Cómo me recargo y me nutro en un lugar que parece no tener nada más para dar?
Cuando recién llegué a Los Angeles sentía una resistencia muy fuerte a abrazar este paisaje. De hecho llegué a pensar que no era tan ‘‘bonito’’ como el anterior. Lo criticaba con palabras duras –como a veces me critico a mí misma– diciendo que le faltan árboles, que no tiene agua, que es demasiado caliente, que lo han explotado tanto que lo han arruinado y ya no tiene vuelta atrás. Hoy me da vergüenza admitir que mi mente es capaz de generar esos pensamientos de rechazo cuando fueron los humanos como yo quienes devastaron este paraíso.
Es cierto que migré de un paisaje abundante y generoso a uno austero y sobreexplotado.1 Pero esta vez es diferente: ya no soy esa niña frágil y afligida. Ahora estoy fuerte como las montañas de la cordillera Andina y repleta como un río del Amazonas después de la lluvia. Esta vez, en este lugar, la tierra me está diciendo por favor trátame con amor y compasión. Ahora soy yo la que está herida y necesita ayuda. Y a mí me da mucho orgullo poder decirle tranquila, que tú misma me enseñaste exactamente cómo.
Estoy convencida de que mis ríos de antes me están utilizando para mandar agua en forma de amor a mis ríos de ahora. O sea, soy como un canal que conecta todos esos ríos para que se ayuden entre sí a través del amor que yo les doy. Cuando pienso en eso, ya no me parece tan malo estar aquí, porque tengo una misión importante. Más allá de mis propias tristezas y nostalgias, tengo la oportunidad de cuidar a un paisaje que lo necesita. Estas son otras maneras en las que la tierra nos ama: nos cura para que nos repongamos y luego nos permite devolverle el amor, pero lo que le damos no nos lo quita, sino que lo multiplica.
Desde que estoy aquí he pasado mucho tiempo estudiando el ecosistema, sembrando plantas nativas, quitando plantas invasoras, sentándome a la orilla de los ríos (sequiiitos) y cantándoles canciones para que se acuerden qué se siente que los quieran. He estado descubriendo flores con aromas alucinantes y dejándome perfumar por ellas. He aprendido a mirar con el mismo asombro y cuidar con el mismo cariño esta tierra que me ha recibido con tanta gentileza y que tiene mucho para dar. Así le voy haciendo espacio a todo: a la tristeza por dejar los ríos gigantes y la lluvia torrencial, y a la mirada amorosa que está naciendo aquí en mi nuevo hogar.
Antes, en mi altar solo había agua del Orinoco. Ahora también hay arena del Pacífico.
Soy de los dos.
–Adrianna ❊
No quiero dejar de mencionar el abuso inimaginable que sufren las selvas y bosques de Latinoamérica a cause de la explotación petrolera y minera, pero eso es una historia bastante compleja que dejaré para otro momento. Para el propósito de este texto me enfoco simplemente en mi propia percepción que nace de las interacciones que yo tuve con esos territorios.





mis ojitos lloran y mi corazón danza conmovido 🫀 gracias siempre
eres espectacular. gracias por compartir esto y ayudarme a recordar. 💜