Todavía no me he muerto
Descarrilarse como método de supervivencia
Querido humano lector: tengo más tiempo del que me gustaría sin aparecer por aquí.
En estas épocas tan complejas que estamos atravesando como humanos en la Tierra, he sentido la necesidad de guardarme en un caracol, desde el cual todo se ve muy borroso. Por eso he estado en una especie de parálisis, mientras espero pacientemente el regalo de la palabra.
Sé que tú también conoces esas épocas, humano lector, en las que toca ponerse en piloto automático para terminar la lista de quehaceres que no se acaba; para pasar más tiempo mirando una pantalla del que es apto para un cuerpo humano; para encajar en el sistema que quiere dictar cómo comemos, qué consumimos, cuánto dormimos y de qué formas socializamos. Épocas en las que es difícil regular nuestro sistema nervioso, expuesto a más estímulo, desidia y muerte del que ha estado en toda la historia de nuestra especie (¡gracias, celulares!).
Cada vez mi cuerpo siente más la enfermedad y el desasosiego cuando me dejo perder en ese tipo de semanas. Siento cómo el hilo invisible que me conecta con lo verdadero, lo importante, lo divino, se hace más débil. Siento cómo las voces de los árboles y los pájaros se aquietan, hasta que casi ya no las puedo escuchar. Siento cómo a mis ojos se les olvida la suavidad de la luz del atardecer.
Últimamente he estado poniendo en duda hasta el aire que me entra por los pulmones. Sé que es bueno cuestionarse, pero, a veces, cuando paso mucho tiempo en ese espacio mental, se vuelve muy agotador. He estado sintiendo mucho despropósito con respecto a mi trabajo —todos mis trabajos: los que hago por dinero, los que hago por placer, los creativos, los de aprendizaje, los de re-aprendizaje—, y sobre todo este, el de escribir aquí.
Es muy difícil encontrar un balance entre hacer las cosas que debemos y queremos hacer, y la necesidad de meterse en el caracol para protegerse del mundo. Es aún más difícil, o casi imposible, mantener ese balance. Estoy aprendiendo constantemente a concederme compasión y gracia mientras navego la vida de humana en esta Tierra, con sus dualidades, grietas, caos y belleza; aunque a veces se sienta como una piedra gigante que me aplasta o una tormenta que me nubla la visión.
Después de un buen tiempo escondida en mi caracol, la Tierra me tendió una mano.
Uno de estos días me desperté de golpe, sin alarma ni ruido, a las 4:12 de la mañana: completamente alerta y llena de energía, convencida de que tenía que ir a la montaña inmediatamente y a toda costa.
Estaba cansada, las temperaturas ese día iban a estar elevadas a niveles que pueden ser peligrosos (¡hola, calentamiento global!) y no me gusta mucho ir a senderos remotos sola, sobre todo cuando está oscuro. Pero parece que mi cuerpo sabía algo que mi mente no entendía esa madrugada. Así que me jalé a mí misma de la cama, me subí al carro y manejé hasta un sendero en las montañas que nunca había visto ni investigado.
Llegué justo a tiempo para ver el sol salir y, sin saber cuán largo era el sendero comencé a subir, a regañadientes, con dolor en las piernas y preguntándome: “¿Para qué hice esto?”.
Caminé menos de un kilómetro cuando la vi: mi doctorcita santa.
Yerba Santa estaba erguida hasta donde alcanzaba la mirada, gloriosa, bajo la luz del amanecer.
Ya entiendo, le dije. Tú me convocaste.
Rompí en llanto cuando empecé a acariciar sus hojitas peluditas, porque sentí que ella sabía lo que me estaba pasando y me llamó hasta ahí para curarme. Ahora me río de cómo aún se me olvida que el antídoto contra (casi) todos los males lo tiene la montaña, pero agradezco por las infinitas maneras asombrosas en las que una y otra vez me lo recuerda.
Mientras iba bajando de regreso, sudando porque ya la temperatura había subido al menos 12 grados, entendí que Yerba Santa no me había llamado solo para mostrarme un paisaje, o por mera costumbre, sino para guiarme de vuelta a mi camino: uno que no es en línea recta sino en espiral, y del cual a veces me descarrilo, y en el cual estoy aprendiendo que está bien descarrilarse.
Gracias, doctorcita, por recordarme que si me entristezco o me abrumo, es porque mi corazón aún no se ha adormecido ante los horrores del mundo.
Por hacerme ver que si soy capaz de sentir el dolor ajeno es porque aún no me he muerto.
Por explicarme que si puedo percibir la magia que está en ti, es porque está en mí también.
Que te puedas perder en tus propios caminos verdes, cada vez que lo necesites
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uffffff
cuánto te amo
cuánto te extraño
cuánto me. enseñas siempre
orgullosa de tu nivel de. conciencia
orgullosa de tu modo presnete de vivir
recuerda siempre que tendrás permiso de amarte consentirte protegerte
Gracias por seguir aquí, entre tanta locura e inconsciencia, tus palabras son siempre de una gran sabiduria, recordándonos que aún quedan humanos que no son necios.
Vivimos en este mundo dual, en que la noche nos referencia al día y viceversa, hasta que la transcendemos ( la dualidad). Entre tanto caos y desconcierto diseñado para desestabilizarnos, siempre existe tu “ Hierba Santa”, la Vida nos envía constantemente señales, solo hay que bajar el volumen … y escuchar!